jueves, 21 de junio de 2007

TROVO, PROFUNDA CANCIÓN Ricardo Pino


Cuando la vida nos lleva por rumbos lejanos, jamás descubiertos ni pensados, la brújula interior, puede en el menor instante dejarnos perplejos sobre un infinito paisaje de gratas sorpresas. Allí nos damos cuenta que tiene sentido alistar el equipaje roído por las distancias y la soledad de los caminos para correr el riesgo de seguir andando. Siempre hay una senda como alternativa para cambiar el rumbo de las desventuras. Hay un punto de partida y uno de llegada a la vera de cualquier camino para refrescarse en el cauce profundo de los imprevistos.

El lecho de los ríos guarda bajo el torrente su paisaje pétreo, sólido y fresco; sin esa plataforma el río sería una poesía temporal y esporádica. Seguramente porque los elementos naturales hablan por su propia naturaleza: Sin el árbol no habría nidos con pichones, a la vez sin pichones no prolongan sus especies los pájaros cantores y, como si fuera poco, sin pájaros el monte no tendría armonía natural. Y sin ella, el hombre, los pájaros, el monte y el paisaje estarían fuera de su entorno, enajenados, empobrecidos, desvinculados y ausentes entre sí. Así vive a veces el corazón del hombre que olvida su terruño, como el terruño al que nadie le canta.

Cantar es sumergirse en lo más hondo de la vida humana, es la sangre que se escapa por los poros para pintar rojos arreboles, es desnudar la carne para madurar frutos con la tibieza corporal de un corazón que late para impulsar la vida, es el brote inicial de una semilla en la que viaja el tiempo sin fronteras.

Entre el oloroso estiércol nacen flores que perfuman el aire, desde el barro podrido nacen árboles que dan leños y abrigo al caminante; es que sin el escultor un trozo de mármol siempre permanecerá en su estado primitivo aunque esencial. Igual el hombre aprende con la vida el arte de vivir y de tanto tropezar encuentra los rumbos sin tropiezos.

Dentro del hombre hay pequeños mundos que giran en su entorno mientras el hombre busca una salida para su espíritu. ¡Es que un grito de libertad es distinto que un grito de socorro! Unos cantan su tristeza, otros callan su alegría. A veces desde el fondo de un suspiro que guarda una tristeza envejecida brota el agua salada de un sollozo. También de la tibieza de un recuerdo feliz invade el rostro involuntariamente la sonrisa.

Más lejos o más cerca está la palabra, que no sólo es un símbolo gráfico entre los ríos de tinta que se hunden en la historia o que afortunadamente alzan la frente para escalar las escarpadas cumbres del futuro. No es la palabra común y corriente sino la palabra con voz y con un sentido propio. Puede llamarse título, noticia, canción, etc. En las inmediaciones del diccionario lea la palabra “improvisación”, después veamos trovo, décima, payada, quintilla, milonga, malagueña, contrapunto… en la jerga del canto. Es una familia de palabras comunes pero no comunes a todos.

Según sea el país hay palabras distintas que significan lo mismo, por ejemplo el término “contrapunto”, que en Argentina determina una confrontación donde chocan los conocimientos y el ingenio de dos payadores, en La Alpujarra, zona sur de España, se le llama “controversia”.

Decir Alpujarra es decir cortijos, pueblos antiguos como Murtas, Albuñol, Albondón, Cádiar o Turón. Estas comunidades están entre cerros y montañas de 600 a 3.500 m. sobre el nivel del mar, entre La Contraviesa, sobre el Mediterráneo, y la Sierra Nevada, que tiene la montaña más alta de la Península Ibérica. Un proceso de urbanización entre lo rural y lo pueblerino predomina como herencia de anteriores poblaciones fenicias, romanas, árabes y españolas.

En este paisaje, el investigador sacude el ramaje de los siglos para cosechar el fruto más innato del sentimiento colectivo, el más arraigado al agreste paisaje, el más definitivo, que no se vende ni se compra en el mercado.

Es la misma mirada serena del hombre del lugar, con esa intrepidez del cortijero activo, que con la dureza de la roca madre dibuja esculturas, levanta paredes, calza la fuente o hace una pirca para un cortijo a modo de terrazas; ese hombre que en la vitalidad del viñedo madura cosechas bajo el sol alpujarreño. Ahí, en la profundidad del hombre, nace el trovador desde remotas generaciones hacia los sueños de integración al mundo de otros continentes.

Altivo decidor, labrador de su propia estirpe, cortijero incansable de manos callosas, pastor solitario, poblador desde siempre y por siempre. Abuelo, padre, hijo, nieto… fuente del trovo alpujarreño.


Trovo, profunda canción,
silencio de huellas mansas,
pintoresca tradición
con un nido de esperanzas
en las calles de Turón.